Prólogo de El Documento 303

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La profesora de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza, Dª Maria Luz Rodrigo-Estevan, ha tenido la amabilidad de prologar mi novela El Documento 303. Dado su indudable maestría al tratar el creciente interés popular por la Historia y sus hechos, creo interesante incluirlo en mi blog. 

 

 

Lector:

Tienes entre tus manos las páginas de un relato de ficción creado por un amante de la historia en general y de la historia medieval en particular. Su autor, José Manuel Surroca Laguardia tiene una amplia experiencia en la narrativa histórica, por lo que, de antemano, debes saber que la lectura de las siguientes páginas te va a resultar amena y ágil. Debes saber que la propuesta narrativa de José Manuel utiliza escenarios conocidos. Y que en sus páginas se dan cita personajes ficticios que evocan o toman el nombre y apellido de otros que en, diferentes momentos y tiempos, tuvieron un destacado protagonismo en los siglos medievales, en el siglo xix e incluso en décadas más recientes. Con una técnica de analepsis o flashback, el autor te va a sorprender porque altera en cada capítulo la secuencia temporal del relato, trasladando la acción desde los momentos del presente más inmediato a otros perteneciente al lejano pasado de los siglo xii y xiii y a marcos cronológicos más cercanos como el siglo xix.

Pero más allá de la construcción del relato y de la intencionalidad de Surroca en crear un hilo argumental e hilvanar su narración, quiero hacerte partícipe, desde mi perspectiva de historiadora profesional, de unas cuestiones que la lectura de estas páginas me han suscitado. Cuestiones que José Manuel escribe entre los renglones de este libro, que son de enorme actualidad en el debate suscitado en el ámbito de la investigación histórica y que aluden a los replanteamientos que el historiador, al igual que otros científicos, debe asumir, con mayor o menor urgencia, en su quehacer cotidiano.

En nuestros días, no cabe duda, existe lo que podríamos denominar un alto “consumo popular de la historia”, esto es, un interés generalizado en todos los ámbitos por acercarse al conocimiento del pasado. Y la principal fuente para acceder a ese conocimiento son los medios audiovisuales. Sin embargo, hay que ser consciente de que este acercamiento aleatorio y disperso hasta el pasado no puede ser considerado como “conocimiento histórico” en el sentido que otorgan a este conocimiento la historia escolar o la historia académica, como bien apunta el profesor e historiador Gonzalo Pasamar.[1]

La alta demanda social de acercamiento al pasado es alentada por la gran influencia del mercado editorial, por los omnipresentes medios de comunicación de masas y también por las propias instituciones políticas. El pasado goza de un papel legitimador que es utilizado sin ambages por instituciones, poderes políticos y grupos de opinión con diversos fines: el pasado justifica proyectos, intereses y acciones partidistas, es comercializado turística y empresarialmente —¡sobre todo el Medievo!—, es utilizado para crear o consolidar identidades de todo tipo, consolida argumentos para alentar procesos y cambios o, en sentido contrario, para resistir o cerrarse ante cualquier propuesta innovadora. Estos “usos” que nuestra sociedad y otras sociedades antes que la nuestra hacen y han hecho del pasado, redefinido continuamente por diversas estrategias e intereses, son los llamados “usos públicos de la historia”.

Ante la fuerte demanda de conocimiento del pasado y ante estos usos públicos de la historia que están siendo bien definidos y estudiados desde el ámbito académico , el historiador profesional —tanto el que se dedica a la investigación histórica como el que ejerce como docente o aquél que combina ambas facetas—, se encuentra ante un verdadero reto profesional: ¿Qué hacer ante los cada vez más crecientes usos públicos de la historia? ¿Cómo estudiar e intervenir en los cauces de divulgación y transformación del conocimiento histórico en la esfera de lo público? ¿Cómo evitar la devaluación del pasado? ¿Cómo equilibrar la manipulación del pasado ejercida desde la política y ciertos medios de comunicación social? Las respuestas no son fáciles. Como no lo es la supervivencia del historiador profesional tratando de preservar su autonomía y su identidad intelectual. Una identidad intelectual que se basa, como la de cualquier otra disciplina científica, en la adecuada aplicación de un método de investigación que conlleva, entre otras cuestiones, formulación de hipótesis, manejo crítico de las fuentes de información y obtención de resultados que, sumados, amplían unos conocimientos históricos, que se consolidan y evolucionan a tenor de nuevos datos, nuevas tesis, nuevos resultados.

Decía y con ello quiero concluir, que los retos a los que se enfrenta la Historia y los investigadores y docentes de Historia no es fácil. Y ante estos retos, son muchos los caminos elegidos y las respuestas dadas: la desatención de la demanda social y la inmersión en los círculos académicos tras haber perdido la confianza en la labor pública del oficio que se ejerce; la participación activa y consciente en el debate público; la recuperación de la autonomía crítica respecto de los poderes establecidos para decidir, tal y como apuntaba el “Manifiesto de Historia a Debate” de 2001, “el cómo, el qué y el por qué de la investigación histórica”; o la integración en el mundo del consumismo de historia mediante la asunción de ciertas demandas de simplificación y de revisionismos del pasado o mediante la participación —activa o pasiva— de esos usos triviales de la historia que sirven de apoyatura a tesis legitimadoras, por ejemplo, de identidades nacionales o de supuestas tradiciones promovidas desde los actuales y eficientes medios de comunicación de masas, pero también desde el arte y la literatura, desde los espacios urbanos con sus monumentos y la nomenclatura de sus calles, desde los museos históricos, desde la escuela y sus manuales de historia o desde instituciones más o menos formales como asociaciones culturales, partidos políticos o grupos religiosos.

En fin, las páginas que tienes entre tus manos, lector, lectora, la trama de esta novela, de esta ficción trufada de historia, tiene la capacidad de evocarme, entre otras, todas estas cuestiones por las que te guía este prólogo. Cuestiones que van mucho más allá de los debates mediáticos y de los discursos políticos que seguro también tienes in mente conforme vayas avanzando en la lectura de El Documento 303. Van mucho más allá porque son, en definitiva, las cuestiones que en cada jornada de trabajo quienes nos dedicamos a enseñar y a investigar la Historia, tratamos de estudiar y analizar con los instrumentos y las herramientas propias de un oficio en el que creemos y al que amamos.

Zaragoza, noviembre de 2016

María Luz Rodrigo-Estevan

[1] “Los historiadores y el ‘uso público de la historia’: viejo problema y desafío reciente”, Ayer, 49 (2003): 221-248. Constituye también una obra de referencia la coordinada por Juan José Carreras y Carlos Forcadell, Usos públicos de la Historia. Ponencias del VI Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, Madrid, Marcial Pons, 2003.

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